La palabra hablada fue en nuestro continente lo central. La tradición oral resume y engloba nuestras señas de identidad. La palabra de los ancestros cercanos y lejanos, guían nuestros pasos. Hablar nos define. Y al hacerlo nombramos, categorizamos, clasificamos, jerarquizamos. Al decirle a alguien don, lo vestimos de nobleza. Don Domingo Sacco, don Julio Romero, don Eduardo Carrión, por ejemplo. ¡Y qué decir de las doñas! Doña Violeta Contreras, doña Adriana Peirano, doña Anyelina Chiang, doña Vicenta Perich. Damas a la que hay que sumar a doña Ada Gahona, que nos enseñaba francés con una vocación avant-garde.

Hablar es inventar el mundo. Conversar en la esquina con los viejos del barrio es reinventar la infancia. Allí están los viejos de las esquinas de Bolívar con Arturo Fernández, a la hora del té, saludando y ajustando el pasado, con la broma a flor de labios. Pero están los que hablan y predican a la vez. Los dueños de la verdad. Los que se la saben toda. A los habladores le decían que tenían mas lengua que un relleno de erizo. Derivado del mismo género los hocicones. Aquellos que gritaban las verdades a los cuatros vientos. Los alaracos, primos hermanos de los primeros. Todo lo amplificaban.  En Sotomayor una señora recibió el apodo de «la cuéntame tu vida». Ya se pueden imaginar. Están incluso los que hablan con faltan de ortografía: ojala en vez de ojalá. Por lo mismo, por la boca muere el pez.

La máxima expresión de la oralidad estaba en el barrio cuando alguien tenía que contar la película recién estrenada. Imitaba los sonidos de las balas de «Un dólar marcado» y nada de raro, como toda actos de narrar, le haya puesto de su cosecha. Hernán Rivera Letelier en la novela «La contadora de película» recrea, a la pampina, ese arte.

En las redes sociales la tradición oral parece haber encontrado otro dispositivo de expresión. Pero se escribe antes de pensar. Se reacciona antes de contar hasta tres. Se vocifera como si fuera el barrio, la esquina, la plaza, el quiosco, lugares donde el viento se lleva las palabras.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 30 de abril de 2017, página 19