La distinción entre lo publico y lo privado es algo reciente en la historia de la humanidad. Se piensa que con la aparición de la modernidad en los siglos XVII, XVIII y XIX, se empieza a diferenciar entre estas dos esferas de la vida. Antes de esa época no se tienen muchos antecedentes acerca de cómo hombres y mujeres distinguían un aspecto de otro. Los estudios de la sociología de la cultura entregan bastantes antecedentes sobre el particular. Los diarios de vida, las auto-biografías, las memorias, son expresiones de la existencia de una vida que se piensa como única y especial, sólo aparecen en el siglo antepasado. ¿A qué viene todo esto?

A una idea muy sencilla, en  Iquique y en especial en los sectores populares , la distinción entre una esfera pública y otra privada es algo que no se nota con frecuencia. O para decirlo en otras palabras, las fronteras entre una y otra parecen no existir.  Hay muchas formas para advertir lo que señalo. Pero, sólo m referiré a una sola. El uso del celular.

Hace pocos días y rumbo a la clausura de un curso de turismo con fines específicos, e instalado en la parte de atrás de un colectivo (cosa que nunca hago, por lo demás, pero andaba apurado), me tocó junto al chofer, escuchar como una dama, también hay hombres, en un lapso de diez ocho minutos que duró la carrera, conversaba, al parecer con otra de igual sexo. Dos temas llamaron la atención. La potencia de la voz de la dama, algo excedida en peso, que la hacía dueña de un potente timbre voz, y los temas que nos puso al tanto. El chofer, un señor sobrio (que ya es un hallazgo en un colectivo) tenía la radio encendida y en ella la voz de la Paloma San Basilio, que cantaba el himno a la infidelidad: “Paloma infiel, prefiero estar contigo/ Y no morir con él”. (Debe ser ésta una de las canciones más erótica y anti-futbolera que se haya escrito jamás: “Es tarde y en mi casa me espera la tristeza/ El fútbol, mi marido y un vaso de café”). Suelta de cuerpo, la dama en cuestión hablaba como si estuviera en la paz de su cama de dos plazas. “A mi, ya lo sabes, nadie me manda, así es que mis relaciones, son puertas afueras”, afirmaba categóricamente en forma de imperativo, como si hubiera leído a Kant,  mientras la San Basilio, narraba su drama, de horas inciertas.

La dama ni se inmutó cuando el chofer (un señor sobrio, que los hay en ese gremio), la conminó a que bajara el volumen, mientras nuestra Paloma, un hit de los años 80, que grabó “Los tres tiempos de América” de nuestro Luis Advis,  con el Quilapayún, sufría y gozaba a más no poder en esa canción, que ya dije debe ser la más erótica que se haya grabado, quizás sólo superada por el maestro Luis Eduardo Aute.  Al bajarme la dama seguía contando de sus peripecias y autonomías. El colectivo es una laboratorio social. Si fuera de mejor calidad, sería parte de nuestros encantos como ciudad. Allí sobre cuatro ruedas, lo público y lo privado no existe. Y eso que el colectivero no iba escuchando al Rumpy.