Existe un par de frutos que le llaman la atención a quienes nos visitan. Los tumbos y las peras de pascua, por ejemplo. Habría que agregarle la lima, la granada y el membrillo. La hora del postre tarapaqueño, se cubría algunas veces con  la presencia de estos productos de la Pachamama.

Sobre el mantel de hule o bien sobre la superficie que carecía de ese manto, que no es sagrado, pero si necesario, la estatura de estos frutos se imponía. Sus aromas cubrían la casa y anunciaban que el verano ya había llegado, aunque el calendario del Bazar Obrero, ya lo había  advertido.

Preguntaba por qué se llaman peras de pascuas. Y la respuesta era obvia y elemental. Se dan en diciembre. Y los pueblos que la producen son Parca, Mamiña y Macaya. Los bailes de pastorcitos que acuden a la Pascua de los Negros, en La Tirana, llevan como ofrenda estos frutos. Una vieja tradición, muy andina por cierto. A la Virgen del Carmen se le adornaba con e producto de nuestra agricultura.

Siempre nos llamó la atención el tamaño de las peras de pascuas.  Se parecían a los adornos con que se vestía al viejo árbol de navidad que cada 8 de diciembre se armaba en la casa. Eran verdes y amarillas. Las segundas eran las maduras. Las primeras, por lo general, conectaba con el excusado, y luego con la Farmacia Cóndor. 

En los canastos de Palique, o bien en el Mercado Municipal, los cientos de frutos de Parca, Macaya o Mamiña, parecían expresar con orgullo que el norte desértico era también capaz de producir sus propios milagros. Para una Navidad, mi abuelo, no halló nada mejor que regalar a sus dos nietos, nada más que cien peras de pascua. “Fifty fifty” dijo en su mejor y escueto inglés.  En los años 60, las peras de pascuas, eran abundantes. Y en más de una ocasión fueron usadas como proyectiles, sobre todo para el “Día de los picados”.

Pero este año las cosas han cambiado. Un paseo por el Mercado Municipal, sobre todo por la calle Latorre, reveló la escasa presencia de este fruto. La polución provocada por la gran minería, sería la responsable de tan  lamentable ausencia. ¿Será el precio que tendremos que pagar por el llamado “progreso”? Con ello, el inventario de las cosas perdidas iría en aumento. La pera de pascua de alguna manera nos simboliza.  Es parte de nuestra biografía barrial, escolar y carnavalera.

Este y otros frutos nos habla de una economía diversa y endógena capaz de, si está bien articulada con otros sectores de la economía, ayudar a desarrollar una estrategia alimentaria basada en nuestros propios recursos.

La gastronomía regional tan dinámica y creativa debería incluir en su carta, la presencia de este fruto tan tarapaqueño como el mango o las tunas. Habría que re-descubrir sus atributos y darle la dignidad que se merece.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 8 de marzo de 2009