Era usual ver en algunas casas de Iquique, ya sea  a un costado de la puerta o bien en las mamparas,  una placa de bronce en la que aparecía un nombre, ya sea de un hombre y una mujer, y más abajo, la profesión. Por lo general eran médicos. En la calle Baquedano, los galenos de ese entonces lucían orgullosos su profesión. Esa calle histórica concentraba la mayor cantidad de ese tipo de tarjetas de presentación.

Hacia el centro o en esas calles laterales largas como la tarde de domingo, ya sea Orella, Bulnes o Riquelme, en casas más humildes, los practicantes también ostentaban su profesión.

Eran placas de bronces bien cuidadas. Me imagino que eran limpiadas con ese líquido casi mágico que se llamaba Brasso. Un pedazo de waipe, un poco de voluntad y el nombre y el apellido del médico lucía brillante.

A fines de los años 60, en la llamada semana liceana, se le ocurrió a un estudiante  sacar esas placas y pedir rescate por ellas. Entonces para ir al Liceo de Hombres, no sólo bastaba con llevar el cuaderno y el lápiz. Había que llevar  también  un destornillador. Cuando caía la noche, empezaba la tarea. Me imagino a los doctores de entonces pagando rescate.

Pero volvamos a esas placas. Eran de algún modo tarjetas de presentación. Era decir aquí vive el Dr. Francia,  la matrona Núñez, el abogado Delucchi,   o el practicante Héctor Orlando Arraño.  Era también la manera de decir esto es lo que hemos logrado.

Leer esas placas brillantes era acceder a un mundo que sólo con la educación podíamos obtener. Y con la educación pública para ser más exactos. El Liceo de ese entonces era el lugar donde los pobres con los ricos estudiaban. Y de allí salieron los médicos que ahora lucirían orgullosos sus placas. El Dr Ramsés Aguirre Montoya, por ejemplo, por sólo citar a un buen amigo mío.

Aun sobreviven por esas casas deshabitadas de Baquedano, digo deshabitadas porque ya no hay vida familiar, algunas placas de esos médicos de antes. En Zegers también. En otras calles, las hay de aquellos que sin mostrar la profesión, sólo señalan sus nombres y apellidos. Leer esas placas de  entonces es un buen modo de recordar como era ese Iquique  de sesenta mil habitantes.

Las tarjetas de presentación ahora son de papel. Y los médicos ya no atienden y menos aún viven en Baquedano. En sus clínicas sus nombres lucen en placas de vidrios. Y son tantos los galenos que ya no lo ubicamos. Los de antaño, Francia, Sierralta y Reyno,  por ejemplo, aún se muestran por esas placas de bronces. Los practicantes como don Héctor Orlando Arraño, han sido reemplazados por los paramédicos.

Publicado en La Estrella de Iquique. 1  de agosto de 2004