La sabiduría popular, esa que tiene sus propios intelectuales y cuya geografía suele ser el barrio, y su ideología el sentido común, ha sintetizado verdades, que van desde lo terrenal hasta lo trascendental. La ha comprimido en frases certeras y elocuentes. “Más vale un pájaro en la mano que cien volando”, por ejemplo, encierra la idea de poseer algo concreto, por sobre una ambición poco aterrizada. “En la puerta del horno se quema el pan” nos pone en guardia sobre la premura. Y muchos más cuya presencia se nos vuelve a la memoria cada vez que la vida nos pone avisos. Opera esta sabiduría ya sea como advertencia y como corolario de algo que se venía anunciado. 

Dentro de todas ellas, hay una que llama la atención: “Pueblo chico, infierno grande”. La idea de la comunidad, de ese Iquique pequeño, en la que todos nos conocimos, que cohabita con ese lado oscuro, que suele llamarse infierno. La idea es que siendo una familia, aquello no nos garantiza la paz. Una comunidad sin conflictos es una utopía. En los pueblos chicos se respira una paz que en mucho de los casos no es tal. Detrás de las rejas de madera, o de esas balaustradas, hay una caja negra que registra los amores y los tormentos de los ciudadanos. Así, por ejemplo, el periódico “La Estrella de Chile” del 15 de noviembre de 1899, publica algo que a comienzos del siglo XXI parece improbable: “Ayer fueron aprehendidos, a solicitud de Rafael Pizarro, Elvira Varas de Pizarro y Ricardo Alcayaga, por haberlos sorprendidos que lo traicionaban con sus relaciones ilícitas que mantenían. También se encuentra comprometida como instigadora  en este delito, Hortencia B. de Castillo, que vive en la calle Juan Martínez núm 347”.

Hoy ese tipo de relaciones parece tener sólo una sanción moral. Aparecerá en la prensa sólo a razón de que la sangre se derrame sobre el catre del amor. La víctima será objeto del escarnio, de la habladuría, del estigma. La palabra “cornudo” aparecerá como una nueva señal de identidad. “Gorreado” se decía en la esquina del barrio. Germán Barrios repetía “Del gorreo y de la muerte, no se salva nadie”. Ni él, que se fue de la mano con la muerte, a esperar al Rulo, ese otro que murió solo en la Plaza Arica, atormentado por quien sabe qué tipo de fantasmas.

El refranero funciona también como bálsamo para soportar aquello que no se puede soportar en términos racionales. En este aspecto, esta sabiduría es prima hermana de la religión. “A quien madruga, Dios ayuda”, pronuncian los labios ancianos tratando de que los jóvenes se levanten más temprano. Lo que se ignora es que los jóvenes no necesitan tanto a Dios. La sabiduría, del tipo que sea, es un régimen de verdad. Y al él acuden los grupos necesitados de explicaciones.

El refranero con todas sus máximas, necesita también actualizarse. En un mundo globalizado, la ley de Murphy, parece querer reemplazarlo. Pero eso es harina de otro costal.