Trabajar la memoria de la Unidad Popular no es tarea fácil. Es un territorio en la que las alegrías, el sueño del socialismo con empanadas y vino tinto, terminó en una pesadilla que aun no terminamos de despertar. Aún así se impone desde los años que han pasado, reflexionar sobre esos años en que la utopía parecía estar a la vuelta de la esquina…

La memoria se construye desde lo personal y desde los inter-subjetivo y más aún desde lo generacional. En mi caso cuando triunfa Allende ese 4 de septiembre de 1970 tenía 16 años.  No sólo han pasado los años, sino que estos han estado marcado por la persecución, la clandestinidad, la esperanza. La UP no es una fotografía en blanco y negro, es un gran mural como aquellos que pintaba la Brigada Ramona Parra. Revisitar esos años, es un acto de honestidad en la que la alegría da paso al dolor. Y de ahí el rearme de un cuerpo fragmentado. Este es un relato en primera persona que creo, espero no equivocarme, interpreta a muchos, sobre los que como yo, en esos años empezábamos a ser jóvenes militantes.

Iquique, ciudad donde nazco y en donde vivo y espero morir, apenas supo de los resultados se concentró en la plaza Condell y a un lado de lo que era la Municipalidad y hoy, vaya paradoja, una multi-tienda, se alzó un pequeño escenario. Tengo grabada la figura de don José Coloma Tiznado, director de la escuela Centenario, zapateando una cueca con unos brincos de alegría que nunca me había imaginado en ese profesor normalista serio y estricto, sería capaz de realizar.

Mi padre, una radical de izquierda al igual que mi abuelo un comunista de toda la vida, se abrazaron como nunca antes lo había hecho un suegro con su yerno.

El Norte Grande y por cierto los iquiqueños sentimos ese triunfo como parte de nuestra gran Historia, no en vano aquí en suelos salitrosos nació el movimiento obrero. Resonaban esa tarde del 4 de septiembre,  los pasos de los trabajadores masacrados en la escuela Santa María y en la Coruña. Se escuchaban las voces de Recabarren y de Laffertee, de Teresa Flores y los aplausos en el Ateneo Obrero por la actuación del grupo de teatro compuesto por obreros y obreras. La Timona personaje de ficción de Luis González Zenteno de su novela “Los Pampinos” parecía hacerse realidad.

El viejo sueño amasado en la pampa y en los puertos del Norte Grande alcanzaba cuotas de realidad. Miles de banderas con la X de la Unidad Popular parecían tapar el sol.

La experiencia de la Unidad Popular fue la de haber logrado juntar, bajo el nombre de Salvador Allende a diversos partidos políticos de la izquierda de ese entonces. De una izquierda diversa que por fin creía tener la oportunidad para hacer los cambios que la nación le demandaba. Cristianos y marxistas, convergían en el mismo sendero.

La Reforma Agraria, la nacionalización del Cobre, el acceso a viviendas digna, a través de cooperativas y del ideal de una ciudad para todos,  el goce masivo de los bienes culturales, fueron tópicos que movilizaron a trabajadores, estudiantes, dueñas de casa, etc.

Dentro de las  40 Medidas,  la del medio litro de leche para la mal alimentada infancia del pueblo, fue la más aplaudida.  Una medida que hay que entender en el marco de la desnutrición infantil que afectaba a los más humildes, tanto de campo como de la ciudad.

El pueblo, esa noción abstracta y a veces etérea, se hacía realidad a través de las mil y una formas de organizaciones populares que aparecieron. Una de ellas, la Jap, Junta Administradora de Precios, destinadas a hacer frente al desabastecimiento provocado por la derecha económica. El humor no estaba ausente. Un compañero de las juventudes socialistas, se ganó el apodo de Japito por su activa participación en esa organización.

Al frente la derecha, desde antes que asumiera Allende empezó a diseñar su plan para evitar que el Chicho llevará a la práctica su programa. Hay quienes piensan que estando en Iquique, como militar Augusto Pinochet junto a la derecha local, habían jurado oponerse a cualquier intento que pusiera en duda sus privilegios.

El crimen de Schneider fue el primer aviso de los muchos actos terroristas que la derecha era capaz de realizar para mantener sus privilegios.

La Unidad Popular, a través de la Editorial Quimantú nos amplió el universo literario. Tuvimos acceso a la literatura rusa, danesa, norteamericana, francesa, a precios imposibles de creer. La hoguera pinochetista se encendió con los nombre de John Reed, Ernest Hemingway y Neruda. Las universidades y antes que el manido  concepto se acuñara, hicieron de la vinculación con el medio, su principal misión. El teatro, la música, la plástica llegaron a las 25 provincias del país.

La Unidad Popular fue una épica ambiciosa de la que no fuimos capaces de entender y menos de cuidar. El sectarismo, el obrerismo, el intelectualismo, el dogmatismo, el reformismo y otros ismos, nos impidieron distinguir entre lo esencial de lo accidental.

Aun así es posible recordar aquel  4 de septiembre de 1973, en la que  miles de hombres y mujeres desfilaron frente a La Moneda en señal de apoyo a un cada vez más solitario presidente de la República, como la canción de Milanés: “Que soledad tan sola…” que clandestinamente escuchamos luego del golpe militar.

La Unidad Popular fue la máxima expresión de lo público y de lo político, de lo colectivo, de la solidaridad, del anteponer el nosotros al yo. Expresión de la búsqueda de un bienestar colectivo imposible de entender en el Chile de hoy. Tan imposible como entender la lógica de los trabajos voluntarios, tanto en verano como los fines de semanas.

Una sociedad politizada en el sentido clásico del concepto. Una sociedad que discutía en las calles, en  las micros, en las playas, en el campo, en las plazas acerca de que sociedad deberíamos tener.

El sueño del 4 de septiembre 1970 terminó en la pesadilla del 11 de septiembre de 1973. Un pueblo inmovilizado y una clase magistral de Allende teniendo como telón de fondo el bombardeo de La Moneda y la muerte cada vez más cerca.

Aquel profesor normalista que bailaba el pie de cueca en la plaza de Iquique, tuvo que quemar sus libros, y trocar esa sonrisa por esa mueca de dolor que aún nos sigue acompañando.