Los barrios populares producen de vez en cuando personajes. Por lo general, hombres que rompen la regla y la norma.  Hombres montados en bicicletas o en motonetas alteraban la rutina de la calle con sus excentricidades.

Rápidamente el cura del barrio los bautizaba como “el loco”. Cada barrio tiene uno o más, su excéntrico que viola las formas acostumbradas de hacer las cosas. Catastrar a los locos de cada barrio merece un censo especial y a la vez necesario.

Todo lo anterior se viene a la mente al enterarnos de la muerte de Omar Barreda, el loco Omar. Un hombre mayor que uno (para que sean personajes deben ser mayores, esa parece ser una ley no escrita) que recorrió la ciudad ya sea como chofer de esas liebres de color celeste que llamábamos Nissan y que transitaba por la calle Errázuriz cuando ésta era doble vía, o bien en su colectivo con la que conversé hace un par de meses, casi como una despedida, y sobre todo en su baile La Diablada, del Goyo con la que alcanzó su mayor estatura.

La Diablada del Goyo fue por mucho tiempo la de Omar Barreda.  Imprescindible en La Tirana a la hora de la fe. Verlo moviéndose con su traje, arreglándose los guantes con su pelo mojado y mirando a ninguna parte, pero en fondo pendiente de cada detalle, de cada flash. Dueño de un sentido de la ubicación estratégica siempre se las arregló para estar en el centro de ese espacio que él mismo diseñaba para poner en escena sus mudanzas.
En los años 60, cuando la calle Errázuriz iba de norte a sur y de sur a norte, la infancia de la Plaza Arica lo aguardaba para gritarle “Farsante”. El abría las puertas de la Nissan y nos tiraba moneda a modo de enojo. Pero él sabía que era un juego. Le gustaba que el barrio en pantalones cortos detuviera la pichanga para tributarle un saludo.  En la época de oro de Deportes Iquique, o sea en los años 80 y en el viejo Estadio, era dueño de la galucha y de un mono de trapo, seguramente made in Taiwán, que volaba de un lado a otro, mientras que Carreño, Saravia, Dávila y los ochos restantes nos gratificaban la vida y de paso nos decían que bueno era ser iquiqueño.

Habrá un certificado médico que dirá de que murió. Pero todo sabemos que fue de pena y de todos los síndromes que acompañan a esa enfermedad del alma. Tuvo su balada y su entierro magistral. No había más gente porque san Lorenzo exige asistencia. El loco Omar se murió como bailaba. Elegante a la hora del sol del mediodía y de la medianoche en La Tirana. Impuso su altura y su geografía en un medio donde hay que ser guapo, pero en el fondo era un niño, sobre todo frente la virgen. La llovizna que esa tarde cayó sobre la ciudad le dio un toque especial a la despedida que todo personaje merece.