La casa de mi amigo ha sido destruida. Venden el pino oregón como si vendieran madera y nada más. Ignoran que esas viejas tablas y firmes vigas cobijaron la labor de uno de los mejores fotógrafos de la ciudad. Pero que les importa.
 
Ignoran que allí, en esa casa, Carlos González hacía magia. Ese era el oficio de Carlos, mago él y lo que tocaba era magia. De una caja de papel blanco brotaban las  imágenes de un estreno del Tiun.  O bien de la Pachamama sacaba esos rostros que hoy deben estar viejos. Hablo de los 80, de ese Iquique en blanco y en negro. Otros lo vivían en color como si la vida saliera de una máquina polaroid. Esa casa de Obispo Labbé esquina de Gorostiaga era la referencia de ese arte mayor que Carlos desarrolló sin dejarse llevar por moda alguna, sin fondart, sin todo lo que hay ahora. Y el hombre sigue en lo suyo. No  se pìense que pese a todo, ha abandonado lo suyo. Ni muerto.

Tarde otoño de esa larga década de los 80. Silvio canta bajito  “Te doy una canción”, cuadras más arriba, en el Crear,  los videos del Ictus congregan a los que se atreven a salir de sus casas, hombro con hombro. Era un Iquique que se tensaba entre la pesadilla de Pisagua y el vendaval consumista de la Zofri.

En esa casa que ya no queda nada, una taza de té servida por la Angélica nos entibiaba el alma. Un cabro chico revoleteaba aprendiendo la magia del padre. Y vaya como aprendió el aprendiz. Su padre, el mago nunca perdió los estribos. Dueño de un humor exquisito y de una bondad inmensa como la pampa, nos cautivó con su arte. Es bueno acordarse de esos amigos que ya no se ven todos  los días.

De pronto me lo encuentro. Un saludo amable que el viento se lleva. La sonrisa y el paso siempre seguro. Carlos siempre fue un peatón. Conoce a esta ciudad como ninguno. Pero hablo de esa ciudad que no existe, de esa ciudad subyugada por ese nuevo urbanismo de hormigón armado y de insolentes torres que desafían la autoridad del cielo que ostentaba el reloj de la Plaza Prat o la torre del Buen Pastor.

Carlos González debe ser dueño de las mejores imágenes de Iquique, de la pampa y del altiplano. Me prometió una foto del sin igual “Cayo-Cayo”. Me pregunto por que no expone. Me dicen que prepara algo. Bueno sería. Bueno para la memoria.

Hoy pasé por esa casa. Sólo quedan los restos apilados esperando que alguien compre a modo de recuerdo. Lo que no se puede vender ni rematar ni nada que se le parezca, es la magia que aún vive por ahí. ¿Cuántas sombras en blanco y negro pululan por ese aire enrarecido del desarme? ¿Cuántos rostros buscan la puerta para darse a la fuga antes que la picota los destruya? Mientras tanto Carlos anda por ahí, por los márgenes de la ciudad con una prisa especial, esa que deja de ser cuando se tercia con uno de esos que saben quien es él.