La ciudad parece estar llena de ruqueros. Hombres y mujeres que se desplazan por nuestras calles, por lo general, con lo puesto. Y algo más. Es frecuente verlos arrastrando lo poco que tienen: colchón, frazadas. Otros, los más ingeniosos, llevan sus cosas en un carro de supermercado o bien en coches de guagua. Han hecho del dormir en las calles un acto cotidiano.  Los balcones de la calle Baquedano, se han transformado en sus lugares habituales. En el Mercado, la capital de los ruqueros, hay tres. Uno de ellos duerme abrazado a un inmenso oso, como queriendo recuperar la infancia que tal vez nunca tuvo.
 
Transitan las calles como hace diez mil  años atrás lo hacían nuestros cazadores-recolectores. Cambiaron las balsas por vehículos adaptados para la ocasión. Los de ahora, marginados de los marginados, sortean vehículos y duermen donde la noche los sorprende. No sabemos sus nombres ni menos sus apellidos. Sus vidas son un misterio. ¿Cómo llegaron a ser lo que son? Muchas mascotas viven mejor que los ruqueros.
 
Sobre ellos se tejen mitologías urbanas, tal cual se hizo con nuestra querida «Loca de los Gatos». En todo caso, los hermanan el desacierto, la mala suerte, la injusticia, la falta de oportunidades. Los ruqueros de hoy son los nómadas de la postmodernidad, los errantes en búsqueda de, como su nombre lo indica, una ruca, un pedazo de abrigo en una ciudad que anda con prisa y con aires navideños que a veces no se soporta. A fines de los 70, Eduardo Peralta cantaba: “Navidad, Navidad a esconder la realidad”.
 
Son parte del paisaje urbano de una ciudad informal y desigual. Cartones, coches de guagua en desuso, carros de supermercados, frazadas, son el patrimonio de un grupo de personas – nunca hay que olvidar que son personas- que deambulan por las calles recordándonos que mientras existan personas sin hogar, la Navidad será incompleta.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 23 de diciembre de 2012, página 25