Muchos eventos sociales de antigua data, digo no más de cincuenta años, se caracterizaron por estar marcado por la solemnidad., O sea, por un aire de distinción y de pompa. Por ejemplo, ir al estadio, ir a sufragar, ir al cine o a la peluquería eran actos marcados por una ritualidad que consistía en marcar el hecho, como para diferenciarlo de otros actos cotidianos, como ir a comprar el pan, leña, parafina,  entre tantos otros.  La gente se preparaba para. De hecho, los viejos habitantes cuando van a votar, lo hacen con la formalidad que denota la importancia que para ellos, tiene esa obligación cívica.

Hoy, sin duda alguna, la solemnidad ha ido lentamente desapareciendo de la escena pública. Lo que en antaño fuera solemne hoy es cotidiano, o mejor dicho, rutinario.  La pérdida de la pompa se nota por ejemplo en el cine.

Cuando el cine estructuraba sus funciones en términos de la matinée, vermut y noche, con horarios de 14.20, 18.30 y 21.30, la gente se organizaba para ir a tan magnos como importantes hechos. Era de algún modo una fiesta, un corte en la ordenada rutina. Por lo mismo, y no está de más decirlo, era tiempo de fiesta. La preparación para ir al cine, estaba cargada de simbolismo, del aseo ritual, de los arreglos horarios, etc. La llegada al templo  donde la ficción se confunde con la realidad,  también lo era. Media hora antes, pastillas en los bolsillos marca Ambrosoli o Calaf, constituían también los pasajes para ingresar a ese mundo imaginario, pero que se volvía tan real para algunos, que la distinción entre el mundo de afuera y el de dentro, desaparecía.

Poco o nada de lo que relato sucede en la actualidad. El cine ha perdido la magia de los horarios. Y el comer dentro de la sala se ha convertido en algo cotidiano. Las bolsas de palomitas de maíz, y los sorbeteos de las bebidas de fantasía son lo habitual. Pareciera que una película no se puede gozar sin esa comida chatarra.  Pero, lo peor aún no ha sido narrado. Los sonidos de los celulares parecen ya corrientes. Y eso no es nada. La gente los contesta y se explaya dando explicaciones: “Te llamo más tarde.  Estoy en el Cine”. A la pregunta de “qué película estai viendo”, le acompaña, la respuesta: “Una de ‘Jim’ Bond”. Y el diálogo parece no acabar nunca. El shhhhh del público no alcanza, a cortar tan trascendente conversación.

Al parecer las reglas básicas de la sociabilidad han estallado por los aires. Lo que antes era motivo de respeto hoy ya no lo es.

En relación al cine, creo que la gente ha trasladado el hábito de ver películas en sus casas al cine. Pero, ha olvidado que este último tiene su lógica que no es igual al del hogar. Y en ese paso, transportan la forma privada de apreciar un film,  a un espacio público, donde, por supuesto, no todos tenemos las mismas costumbres.

Publicado en La Estrella de Iquique, el  2 de febrero de 2003