El taca taca debe ser uno de los buenos inventos del siglo XX. No lo digo yo. Lo dice Francisco Umbral. Y si lo dice él, así será. Sea como fuera, habría que agregar a los inventos del siglo que se fue,  las maletas con ruedas. Con esas rueditas evitamos convertirnos en un ekeko peregrinante buscando la ventanilla para registrarse.  Pero volvamos al taca taca.

En España se le conoce como futbolín. En Chile y desde que empezamos a colonizar las calles que nuestros hermanos ya habían hecho, nos encontramos con esos aparatos pesados, llenos de grasa y que tenían una especie de campana cada vez que la pelota entraba al arco. Pelota que de tanto dar vuelta perdía su  redondez y casi era cuadrada. Tenía un dispositivo mágico que era una ficha que accionaba todo un complejo sistema, al menos eso creíamos, que permitía que por una bandeja se deslizaran esas pelotas, que como ya dije, por el tiempo, habían perdido su silueta.  Cuando el encargado, a quien se le llamaba, no tacatero, sino fichero, abría esa inmenso vientre,  quedábamos casi mudos viendo como el aparato digestivo de esa inmensa caja, nos enseñaba sus secretos.

En los años duros del Iquique amable, los taca taca eran casi lujos. Venían en esos juegos infantiles pobres como los circos de Macondo.  Entonces era casi un lujo acceder a una ficha. Y que decir de quienes jugaban. En mi barrio Freddy “Chanchote” Rivera, era uno de los buenos. Y era que no. Si además en la cancha grande, esa de verdad, con césped o sin él, imponía su humanidad y esa pierna fuerte que aprendió del “Foco” Torres o de Mario Aranda.  Era bueno, era de los nuestros. Y cuando jugaba en el CRA en Antofagasta, siempre me regalaba una entrada para irlo a ver. Y cuando no podía, me lanzaba una sonrisa y un apodo que él sólo sabía decirme.

Para suplir la falta de taca taca, jugábamos a las calas. Las contraportadas de la revista Estadio nos alimentaba de jugadores. Entonces Iquique era tierra de campeones. La del 43, 47 y 55, años gloriosos nos inspiraban. Rubén Aguilera las metía toda y don Roberto Sola, atajó todo.  El resto, era la cala a la que se le sacaba el corcho, el papel celofán de colores. La casa de Guillermo Yon, en Errázuriz era el Maracaná, nuestro Estadio de Cavancha o del Iquitados. Era un modo de suplir la carencia del futbolín. Lo que éramos malo para el fútbol también lo éramos para el taca taca. Por eso escribimos estas cosas. “Chanchote” redactaba sobre el césped, por que allí estaba su verdad.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 27 de septiembre de 2008