Algunas casas tenían hasta tres ventanas, lo común eran dos, en otras una sola. Algunas con rejas y se abrían de abajo hacia arriba, se afirmaban con un tarro o con un pedazo de riel cortado en el ferrocarril. Se abrían de par en par como diciendo no hay nada que ocultar. A veces un letrero, como en mi casa “Se forran botones”.

Dos funciones tenía. Mirar desde adentro hacia fuera y al revés. Una cortina -visillo- impedía las miradas impertinentes. Por la ventana se veía pasar a la gente pasar, era panorama, que se compartía con el gato. Especie de pasaporte para ver el mundo de afuera. El paso apurado del cartero José Mercado, el vozarrón del que vendía pescado o harina tostá.

Las ventanas de Iquique son de todo tipo. Desde las de pino oregón hasta la de aluminio, o la combinación de ambas: del salitre a la Zofri. Las ventanas revelan además la desigualdad. Algunas miran el mar en toda su magnitud, delfines incluidos. Otras, observan las tumbas del Cementerio 1, a los ruqueros, perros, palomas y gatos incluidos.

La ventana fue también motivación poética y cinematográfica. Ahí está “La ventana indiscreta” y la canción de Los Blues Splendors, una especie de sutil voyerismo.

Pero no todo es romanticismo. Había que limpiar los vidrios, con lavaza hecha en casa.  Las hojas de El Tarapacá, ayudaban aunque no tanto. La modernidad llegó con las persianas, una especie de cortinas de plástico. Un bien para pocos, obviamente.

Quebrar vidrios de las ventanas por un peñascazo o por una pelota mal dirigida era casi pecado capital. Arrancar era el único camino.

Aparecieron luego los ventanales y otros derivados. Lo cierto es que la casa/hogar sin ventanas era una imposibilidad. Los carpinteros, arquitectos barriales, lo sabían de sobra. La altura de nuestras casas permitían construir un segundo piso y aparecía una pequeña ventana. Y como no olvidar esas ventanas que imitaban la de los barcos. Las claraboyas, otro tema.

Publicado en La Estrella de Iquique, el 30 de agosto de 2020, página 11

Fotografía Rodrigo Orchard